16/12/08

A Don Enrique Frustración

Entre el sol de mierda, mi resaca y todos estos cuestionamientos, creo que no hay mejor idea que la de dormir, al menos para que pueda despertarme y resolver o dejar pasar mis todo el acoso de mi inseguridad.
Tal vez no hubiera sido como fue de no ser por ese nudo azul marino desgastado, o la humedad del aire. Prefiero no pensar en lo que hubiera sido, no tengo certeza ni criterio para decidir de entre las opciones cual hubierase sostenido en ese momento. De cualquier manera:
“! Don Enrique!” – Desde el frente de la verja- abrumada de vacíos y confundida por el contexto, la chiquita gritaba llamando a su vecino para entregarle una de esas tarjetitas de comunión (esas que según la tradición los chicos que “reciben a dios” reparten en el barrio, a cambio de plata). – “! Apurate pendeja ¡”- dulce el hombre con su hija. Blanco celestial el vestido, una corona hecha con su propio pelo, guantes blancos de manos inmaculadas, pero ese nudo, ese nudo no debería haber estado ahí.
Don Enrique no hacía más que juntar moscas, y teñirse de rojo coagulado, sus ojos, realmente no importan. Una noche caliente lo levantó de su cama y mientras se volcaba un vaso de agua en la boca, le dio una puntada en el brazo, ni siquiera se dio cuenta de lo fresco que estaba el piso, y en un momento el estaba un poco más frío tal vez. Ya no tenía a su esposa hacía mucho, su hijo era grande, podía cuidarse de los demás, era muy seguro, un buen chico, siempre saludaba al que pasaba. Gonzalo se llamaba, por un amigo con el que el padre había venido de España en esa época que les vendían calles de asfalto, y cuando llegaban se daban con que si las querían, las tenían que hacer. De cualquier modo, Gonzalo había salido a la noche, la estaba pasando muy bien, un amigo, un ladrillo de muy pura, tres putas cortesía del amigo, en verdad el ambiente era de festejo romano, y muy oscuro. El problema de Gonzalo era no poder cuidarse de sí mismo, y a los demás de él. Un cuarto en dos días había desaparecido, las minas, estaban totalmente saturadas, solo transpiraban y jadiaban perdidas, del amigo, no saben, Gonzalo estaba bien, con un buen tratamiento y una desintoxicación, iba a poder contar sobre limites, efectos, y eminentemente, sobre recaídas. Sólo tenía el tabique un poco gastado, por lo demás, no había problema, el daño pscofisiológico no era grave, la única duda era sobre su sistema inmune, el amigo siempre prefería mucha pala y minas de muy mal vida, fetiches de pendejo cheto. Esto, podía ser en exceso malo claramente. Contando los dos días de fiesta este era el cuarto, con la salvedad de que se había extendido el festejo a una tensa sala de hospital por sobredosis.
La noche calurosa había sido la primera de su ausencia, Don Enrique llevaba cuatro días muerto en la cocina de su casa. La chiquita gritó una vez más y dijo que no estaba.
Ese nudo quedó impreso en ese instante escribiendo en el asfalto un cartel que decía: “La estructura de los sucesos deja mucho margen de error”. Siguiendo al vestido, debería haber habido un alegre moño blanco, pero ese nudo azul tenía demasiada fuerza, y en ese segundo, la perfección que no es relativa, se declaró “omniausente”.

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